lunes, 21 de marzo de 2011

Diálogo en porfía

El diálogo entre la alta jerarquía eclesial criolla y el gobierno cubano dio lugar a opiniones encontradas que aun hoy se debaten en el plano nacional y foráneo. El mismo continúa vigente y es probable que las conversaciones y la mediación eclesiástica para favorecer a los prisioneros políticos cubanos no sea la única oportunidad en que se reúnan representaciones de ambas autoridades.
Mucho se ha debatido y escrito acerca de la intercesión canóniga cubana en ese delicado proceso, fundamentalmente en sentido crítico. ¿Por qué? Si tanto se ha pedido por los reclusos políticos cubanos y se ha llevado el asunto a cuánto foro internacional en materia de derechos humanos se ha celebrado durante muchos años y no se ha bajado la guardia en ese aspecto, ¿por qué censurar el diálogo Iglesia-Estado cuándo está propiciando la excarcelación de personas que, en principio, nunca debieron haber ido a prisión? Es cierto que hasta el momento, a los que han soltado les han colocado en las manos un pasaporte, en lugar de la documentación ciudadana que le permita caminar libremente por su hogar nacional. También está claro que excarcelación no es igual a liberación; hay una frontera apenas perceptible que está dada por el hecho de que al excarcelar a alguien sin que haya cumplido la pena, la amenaza del cumplimiento de la misma puede condicionar sus actitudes y accionar en virtud de la sanción por completar. Pero si el resultado es el que se persigue en principio, o sea, que puedan disfrutar de libertad nuestros compatriotas injustamente encarcelados, no veo por qué propiciar semejante exceso crítico ante el diálogo producido entre la Iglesia y el estado cubanos. Igualmente, ¿una muestra de voluntad política prodiálogo de parte de las autoridades con sectores o con una representación de la sociedad civil no es lo que hemos propuesto durante décadas? ¿Por qué atacar entonces este primer acercamiento sin precedentes? Es comprensible que cincuentidós años de insalubridad democrática sumado a la imagen de figuras políticas intransigentes o inflexibles de este prolongado gobierno, hayan conspirado contra la urdimbre social cubana y condicionado un proceder más o menos análogo, pero me inquieta pensar qué otras motivaciones pueden existir, ya que hay cubanos emigrados que sí han participado en procesos electorales de todo tipo (muchos de ellos durante años) y aún en su actuar se reconoce a distancia la rúbrica de la irreverencia acompañando al cuño de la intolerancia.
Sé y defiendo que a todos nos asiste el derecho de disidir o disentir, pero es por la falta de coherencia entre el decir y hacer que a veces se deslegitiman personas y/o grupos ante las entidades que los deben de tomar en cuenta para un proceso negociador dado. Afirman, por ejemplo, estar a favor del diálogo, pero parece que solo si ellos lo protagonizan, si no, lo combaten a ultranza, como ha resultado con Su Eminencia Jaime Ortega. Dicen (públicamente) estar en contra de las sanciones económicas estadounidenses a Cuba, pero han apoyado y apoyan que un bloque de países como la Unión Europea sancione igualmente a la mayor de las Antillas. Este es un contrasentido que coloca en el banquillo de la desconfianza a los poseedores de ese contradictorio y dual discurso. Dan la idea de ser timoneles de un barco que zigzaguea o de un autobús que pretende recorrer todas las calles para recoger al mayor número de personas posibles y tratar de quedar bien con todo el mundo obviando que en cuestiones patrias, la política digna no admite todoterrenos.
En cuanto el asunto de la generalizada, marcada, entrecomillada y reiterada versión —ya dura algunos años— de que la oposición tiene un discurso único, quizás esté dirigido a deslegitimar a los que tienen visiones más constructivas del tema cubano. Mienten los conservadores de izquierda para mantener el conveniente status quo de la confrontación y justificar ante sus adeptos por qué no pueden “moverse” en la dirección de hacer cambios. Es una muy cómoda y aburguesada posición el inmovilismo que promueve la dirección del país, agudizada por el soez ardid de que todos pensamos igual, que tenemos los mismos compromisos y acuerdos con los exiliados a los que las autoridades llaman anexionistas y extremistas. Con fines diferentes, pero iguales resultados, los extremos de derecha e izquierda difunden y confunden con la unicidad opositora estratégica al interior de Cuba. Todos sabemos que no existe la monocromía en los grupos humanos, que hay matices y que no se pueden disimular —solo parte del tiempo— en beneficio de mantener la supremacía de un grupo (o grupos) de interés determinado. Son realmente los grupos de poder de Cuba y los Estados Unidos los que manejan y mueven sus comodines para mantener todo como está. El gobierno cubano no quiere admitir que la oposición es variopinta porque es un elemento medular que los desarma ante el falso argumento «del mismo saco» que han divulgado y en el que han colocado irracionalmente a toda la disidencia. Por su parte, lo más conservador de las visiones e intereses foráneos con respecto a Cuba, aguardan relajados como esperando a que «se pudra la fruta».
De veras que es increíble, pero también lo es que los grupos de poder generalicen con la falsa idea de la univocidad o unanimidad de la oposición, que la misma está a favor de la posición común —quizás porque los que comparten esos criterios e intereses venden ese concepto para lograr sus propósitos—, y que también hay cohesión en la sociedad civil alternativa en contra de algunas dignidades de la Iglesia Católica cubana y del diálogo que protagonizan con el Estado. A veces me conmociona pensar que si Cuba estuviera en guerra ¿saboterían los procesos de paz si ellos no los lideran?
Penosamente a veces nos metemos en la órbita de nuestros adversarios y accionamos y reaccionamos del mismo modo que ellos lo hacen, y al hacerlo estamos incorporando actitudes y procederes que censuramos y pretendemos extirpar.
No basta que yo quiera que “dialoguen conmigo”, tengo que demostrar-mostrar mis sinceras actitudes dialógicas con hechos y palabras. ¿No les parece?

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